jueves, 1 de diciembre de 2011

El bibliobús: Cultura en el franquismo

Durante el franquismo existió una biblioteca móvil que recorría Madrid por las barriadas más humildes en busca de lectores


Foto Archivo Agencia Febus

¿Qué era el Bibliobús? Conviene esta previa aclaración. Se trataba de un original servicio de lectura. De una completa librería sobre ruedas que, en los años 50, en pleno franquismo, recorría los suburbios madrileños. El Bibliobús prestaba libros mediante una módica fianza que el lector podía recoger si dejaba de leer. Con la garantía del primer libro obtenía otro y otro. O sea, que el lector podía leer indefinidamente con un primer desembolso.

Un invento de la 2ª República

Cada cuatro, seis u ocho días, el Bibliobús volvía a una barriada, se instalaba en el lugar ya previamente fijado y los lectores podían renovar sus libros.

La idea no era nueva, venía de la 2ª República, pero la fórmula de esta misión cultural, que llevaba a los más apartados suburbios de Madrid el alimento de una lectura seleccionada y orientada, respondía a una concepción original, al impulso y calor que le prestaba, en los años 50, el director general de Archivos y Bibliotecas, señor Sintes Obrador, y funcionaba con los fondos del Servicio de la Biblioteca Nacional.

Los barriadas de Madrid en los años 50

Los itinerarios semanales estaban anotados en una hoja. Iban de Villaverde Alto a las proximidades de la plaza de Legazpi. Del Mercado de Vallecas y Vallecas (pueblo y Puente) a la carretera de Extremadura. Del Mercado de Maravillas, en Cuatro Caminos, boca del Metro Tetúan, Colonia del Gran Madrid, al Mercado de Ventas, carretera de Aragón, Vicálvaro, Colonia de la Concepción y veinte lugares más, todos estaban comprendidos entre esas cardinales barriadas de Madrid, que cada día se extendían más y ponían más lejanas “puertas al campo”.

Entre los distritos de cada itinerario destacaba uno: el Mercado de Las Ventas, al que cada Sábado llegaba el “Bibliobús” entre seis y siete de la tarde.

La llamada del bibliobús

Los escaparates laterales del Bibliobús reunían a numerosas personas que hacían cola para subir. El altavoz, instalado sobre el jeep que tiraba del coche-biblioteca, repetía, entre disco y disco de música selecta, las instrucciones para utilizar los servicios de la biblioteca ambulante, grabadas en cinta magnetofónica.

Por el cristal de la trasera se observaba el movimiento del interior. Había bastantes personas que pedían libros nuevos o renovaban los que ya habían leído. Las puertas de aquel pequeño tranvía, rodeado de estantes con libros, se abrían y se cerraban sin cesar.

Los libros del Bibliobús

Dentro del Bibliobús había un pequeño mostrador donde la señorita encargada del fichero no descansaba. Los demás servidores del coche, traían y llevaban libros, buscaban en los estantes. Hablaban con familiaridad a la clientela. Abundaban las mujeres que pedían novelas, pero eran más los hombres que pedían libros de técnica, biografías, libros de historia y otras materias. También subían niños que buscaban las historias fabulosas de Salgari, de Julio Verne y de Walt Disney. Las fianzas de los libros variaban según el valor del primer libro solicitado. La norma era un mínimo de cinco pesetas y un máximo de cien.

Las empleadas del Bibliobús

Las abnegadas servidoras del Bibliobús realizaban, con gran paciencia, entusiasmo y tacto, una labor misional y de convivencia espiritual y cultural con aquel mundo suburbano, que tanto lo necesitaba.

Las “bibliobusistas” enseñaban a las gentes a leer algo que no fueran novelas de mala índole. Trabajan tres: Fifi Huerta, Carmen Cifuente y la organizadora de todo aquello, incluso autora de los diseños del Bibliobús, Aurora Cuartero, que también era periodista. En los momentos de apuros también echaban mano del conductor del Parque Móvil, Juan Puche Garrido, que además de conducir el jeep hacía de diligente librero y casi de bibliotecario.

El público del Bibliobús

La mayoría del público eran hombres jóvenes. Generalmente obreros, que buscaban obras técnicas divulgadoras. Sobre todo de radio y electricidad. También entraban mujeres y niños. En todas partes el Bibliobús era recibido con entusiasmo. Era notable la afluencia de mujeres en el mercado de ”Maravillas” (Cuatro Caminos), que se acercaba por la mañana a la hora de la compra.

En los pueblos del cinturón se lanzaban unos chicos pregoneros que gritaban: “¡Ya llegó la biblioteca!” El entusiasmo era similar como cuando, en aquella época, llegaban los títeres.

El público pedía en proporción más libros técnicos en los barrios populares, donde abundaban los pequeños talleres artesanos que en las proximidades de las grandes factorías, donde el obrero no trabajaba por su cuenta.

Las demandas no atendidas

A veces las peticiones de libros no podían ser atendidas darles, porque las existencias de que disponía el “Bibliobús”, lo mismo que sus fondos para nuevas adquisiciones, estaban muy limitadas por un no muy holgado presupuesto. Que bueno hubiese sido que algunos capitalistas, de entonces, amantes de la cultura hubiesen realizado una buena obra ayudando a comprar los libros que el público solicitaba y no se le podían proporcionar.