martes, 21 de julio de 2015

"El Chato" y la sublevación militar en Madrid

Pocos días después del alzamiento militar en Ceuta y Melilla se produjo en Madrid unos de los sucesos más relevantes de aquellos primeros momentos del golpe de estado contra la legalidad vigente: El asalto al cuartel de la montaña.

En el diario Política Jaime Menéndez "El Chato" publicó sus artículos sobre el cuartel de la montaña del 21 al 27 de julio de 1936.  Foto, digitalizada por Agencia Febus.
El 20 de julio de 1936, 3 días después de alzamiento en Ceuta y Melilla, se produjo en Madrid el asalto del cuartel de La Montaña, una fortaleza, situada en el barrio de Rosales donde hoy se encuentra el famoso templo egipcio de Debod.
Varios fueron los periodistas que informaron de aquel suceso, vivieron en primera línea de actuación todo lo que allí acontenció, no quisieron perderse ni un solo minuto de aquel tremendo lance espejo de uno de los momentos más relevantes del alzamiento militar. Sabían que si triunfaba dicho alzamiento en la capital, por parte de los militares acuartelados en La Montaña, la República tenía los días contados si de lo contrario se reducía la sedición, la República todavía tenía esperanzas de seguir con vida.
Dos de esos periodistas escribieron mucho de aquel asalto. Uno fue el arnarquista Eduardo de Guzmán por aquel entonces redactor de La Libertad, diario republicano independiente, dirigido por Antonio Hermosilla, que además de escribir sus crónicas en el mencionado rotativo hizo lo propio en el libro La muerte de la esperanzareeditado hace poco por la editorial Vosa.  El otro fue Jaime Menéndez "El Chato" que publicó sus crónicas en el diario Política, órgano oficial de Izquierda Republica y cuyo director era Isaac Abeytua Pérez-Íñigo. 
Guzmán y "El Chato" eran amigos, compañeros, grandes escritores y, por supuesto, grandes periodistas defensores de la República,  coincidieron muchas veces trabajando pues vivían la profesión con la misma pasión, con el mismo oficio, el mismo rigor y la misma profesionalidad y  también coincidieron, por desgracia, en los campos de concentración y cárceles franquistas. 
Ambos reporteros cuentan en sus líneas sobre el asalto a La Montaña, con todo tipo de detalles, que gracias al pueblo, gracias a sus trabajadores, dependientes de la CNT y UGT, se consigió el éxito de la operación y es que, digan lo que digan, el pueblo de Madrid fue, como bien escribió Manuel Navarro Ballesteros, La Tumba de Fascismo.
En aquella operación fueron hechos prisioneros varios cosnpiradores, entre ellos, el coronel Fernández de la Quintana y el General Fanjul que fue juzgado por rebelión militar y sentenciado a pena de muerte, por lo que fue fusilado el 17 de agosto de 1936.
Hoy, 79 después de aquel acontecimiento, recuperamos para todos nuestros lectores una de las crónicas de Jaime Menéndez "El Chato", aparecida el 27 de julio de 1936 en el mencionado diario Política y en el libro Crónica General de la Guerra Civil, una selección de artículos realizada por María Teresa León y que fue presentada en el famoso Congreso de Intelectuales antifascistas de 1937, celebrado en Valencia. Dicho libro ha sido reeditado recientemente y cuenta con artículos de la Pasionaria, Luisa Carnés, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Antonio Machado, Ramón J. Sender, Miguel Hernández o Salas Viu, entre otros.
A continuación transcribimos uno de los 4 artículos de Jaime Menéndez "El Chato" que aparecen en el mencionado libro.

Fotografía digitalizada por Agencia Febus.

En el cuartel de La Montaña

Adherido a la pared hállase un mapa donde las banderitas rojas, negras, amarillas y verdes, registran posiciones, avances, retrocesos, etc, en la titánica lucha empeñada. Entran y salen ordenanzas, con órdenes, con recados, con telegramas. Entran y salen oficiales y mecanógrafas. Se reciben cosntantes llamadas telefónicas. Se dan y se redactan instrucciones. Se reciben partes registrando las posiciones y los movimientos de las tropas, que pasan rápidamente al mapa. Las banderas rojas están ya enclavadas en el Alto del León y en Somosierra. Las fuerzas leales dominan todas las posiciones estratégicas de la sierra.
    Pero perdón, lector; estoy contando algo que no he visto. Estoy reproduciendo el relato de una amigo íntimo, con quien me encontré en la glorieta de Atocha. A tiempo que charlamos pasa un pelotón de campesinos, con su típica blusa de percal, y campesinas, con su no menos típica saya volada. Saludan, con vigor y gracia, alzando el puño en actitud antifascista. Ellas, sobre todo. Han venido a luchas dondequiera que sea y como quiera que sea, por  la República, las instituciones democráticas, porque las conquistas del pueblo ni se pierdan ni se diluyan.
    Con todo el interés que tienen las calles españolas en estos días, hay otra cosa que de momento nos llama más la atención. Es la habitación aquella, con los mapas y las banderitas.

Espíritus del pueblo

Lo que mi amigo me cuenta tiene para mi -y acaso también para el lector que lo desconozca- considerable importancia.
   -Vamos allá -le digo-. Tú me presentas.
  -Con mucho gusto. Son unas personas excelentes; buenos amigos, sobre todo. Pero no intentes sacar nada para publicarlo. Estos militares del pueblo tienen un concepto particularísimo de su misión. Para ellos la disciplina lo es todo, junto con el cumplimiento del deber. Y lo que hacen no responde al deseo de obtener halagos ni glorias pasajeras. No te dirán una palabra. Sería, pues, desleal que después de oírme los fueses a ver y contases cosas que ellos no te dijesen. 
   -Si no se enfandan -advertrle-, iré después de perdiles que me perdonen.
    En el Parque de Artillería del Pacífico se organizó la defensa de la República. Cuando hube escuchado lo que mi amigo me contó, bien entereado de lo sucedido, en mi, al menos, no quedaba un atisbo de duda.

¿Será indiscreción?

  No sé si debiera contar todo lo que oído. Aun dewspués de la victoria, que ha puesto definitivamente a salvo las instituciones democráticas, se experimenta una extraña sensación, al considerar lo que hubiera de haber salido a las calles las fuerzas facciosas del Cuartel de la Montaña; cuando todo el mundo del ejército está sublevado; cuando en los puestos de más alta responsabilidad se traicionaba aquello que se había jurado servir; cuando, en fin, todo estaba perdido menos el valor, la audacia, la visión y el sentimiento noblemente humano de unos militares hacia quienes nunca podrá el pueblo español pagar lo que por él ha hecho.
    Seré todo lo prudente que pueda. Y me callaré muchas cosas. Aun después de pasado el peligro que, en resumen, ha servido solo para afirmar la inquebrantable resoñución de este pueblo singular de no admitir más espuelas pretorianas clavads en el alma nacional.
     La República se salvó con 5.000 fusiles 20 cartuchos para cada uno, 200 granadas, dos carros de combate de 14 toneladas, cuatro ametralladoras y un cañon del 15,5.

Un hombre de visión

    Algo más había. Pero éste ha sido el impulso inicial, que sembró la confusión y el terror entre los sediciosos.
    -Desde unos días antes del movimiento faccioso, el teniente coronel don Rodrigo Gil -dice mi amigo- hacía todo lo posible por paralizar las maniobras tenebrosas que se iban tejiendo para atrapar las instituciones populares y destrozar las libertades populares. Actuaba contra las órdenes que recibía de superiores traidores; era víctima de la persecución y el ensañamiento de la oficialidad pretoriana. Todo para él eran sin sabores. Pero tenía el convencimiento de que su profesión le prohibía sus servicios al lado de los intereses y propósitos de un grupo faccioso, no importa lo nutrido que estuviese.
    En el Parque de Artillería había miles de fusiles, armas para el pueblo en el caso de que se llegase a semejante necesidad, pero sin cerrojos. Se los habían llevado al Cuartel de la Montaña, porque no se creía que allí estaban seguros. Al Cuartel de la Montaña, refugio de facciosos. Esto lo hicieron, por supuesto, gobernantes que temían al pueblo. Pero cuando sonó la hora de peligro los cerrojos seguían allí.

Diario Política, 1º de agosto de 1936. Foto digitalizada por Agencia Febus.

Consigue 5.000 cerrojos

   Después de mucho insistir, el teniente coronel del Parque de Artillería consiguió que le diesen 5.000 cerrojos, con el pretexto de examinarlos. Llevaban tiempo guardados y había que ver en qué estado se hallaban. También logró algunos cartuchos y otras municiones. Había, por lo menos, para empezar. Ya se vería luego que sucedía.
   El teiniente don Gabriel Vidal, otro héroe de la jornada, junto con el capitán Orad de la Torre, puso inmediata y apresuradamente en servicio dos carros de combate de 14 toneladas. Organizó una columna. La dotó con fusiles, ametralladoras, munición, etc. Y fué a recibir instrucciones, cumpliendo órdenes del teniente coronel.

Expectación popular

    Esdtaba el pueblo en la calle. Sabía todo Madrid lo que pasaba en el Cuartel de la Montaña. Quería armas.
     -No se atreven a dárnoslas.
     -Temen al pueblo.
     -Esto es inexplicable.
     -No hay vergüenza.
     -Abandonan a los defensores de la República.
     Todo esto se decía en la calle. Ante la Casa del Pueblo. Ante el local de la Izquierda Republicana. En la Puerta del Sol. Por dondequiera, en fin.
    Pero lo que el pueblo no sabía es que el Gobierno y las escasísimas fuerzas -unos cuantos hombres dispersos, perseguidos y ultrajados por sus facciosos compañeros- no tenían armas. Las que había para defender Madrid estaban en el Cuartel de la Montaña.
     Sentía el Gobierno la misma angustia -mil veces multiplicada, porque tenía conocimiento de lo que sucedía- que el pueblo heroico y generoso. Pero ¿qué hacer?

Llega la solución

     La solución la dieron estos hombres, ayudados por un equipo de leales servidores, de obreros incondicionales. 
     Arrancó la previsión del del teniente coronel Gil 5.000 cerrojos a los militares facciosos. Presidió el teniente Vidal la reparación inmediate de dos carros de combate de 14 toneladas, y encontró la pieza de 15,5. Movilizó el capitán Orad de la Torre las dos piezas del 7,5. Y se fueron a buscar los 47.000 cerrojos que se esperaban para entregar los fusiles almacenadosben el Cuartel de la Montaña al pueblo que esperaba el momento de salir en defensa de su República.
   Con estas armas y una dotación deficiente, por lo escasa, se logró dominar el más vasto movimiento subersivo que registra la historia patria.
    Gracias a esta previsión y a la voluntad de estos hombres, se logró evitar la catástrofe. Pero quedan muchas cosas, no menos admirables en la jornada que aplastó al enemigo usando para ello sus propias armas. Para defender la República se ha ido a buscar armamento y munición a las guaridas enemigas.

Las cosas se hacen

   Serían las siete cuando salió la pieza del 15,5 que destrozó totalmente la moral, quizás nada elevada, del enemigo. Mi amigo, testigo presencial de la jornada, me cuenta algunos detalles.
    -Era arrastrada la pieza con dificultad, pero también con decisión, por una camioneta de los obreros de Mahou. ¡Magnífico espectáculo el que se daba a nuestro paso por las calles del Madrid! A cualquiera que no fuese a defenderlo todo, jugándoselo antes todo, le daría vergüenza.
      A medida que avanzábamos -agrega- se nos iban sumando artilleros que luego habían de sernos de gran utlilidad. Salimos hasta sin gente, porque la columna que había organizado el teniente Vidal había salido, en su ausencia, para otro sitio, a sitiar el campamento. Lo mismo ocurrió con los dos carros de combate, que no entraron en acción hasta bastante después. Debido a la dificultad para arrastrarse por la carretera, quedaron parados y no pudieron llegar al campamento. Se dierion órdenes para que volviesen al Cuartel de la Montaña. Este estaba sitiado por la Guardia Civil, de Asalto, Milicias, etc. Por todas las Milicias que pudieron armarse con aquellos 5.000 fusiles y los que había en el Parque de la Dirección General de Seguridad y otros sitios.

Los tres saludos

     Cuando el teniente Vidal llegó con su pieza del 15,5 ya estaba allí el capitán Orad de la Torre, con dos piezas de artillería del 7,5. Se emplazaron las tres en la entrada de la avenida de Blasco Ibañez, junto al Coliseum -donde no llegó a funcionar, por considerarse el emplazamiento poco conveniente, siendo trasladada poco después-, en la calle Bailén, esquina a la plaza de España, y la tercera en la calle Ferraz encañonando la entrada al cuartel.
  Con el capitán Orad estaban el maestro Capel y grupo de gentes leales y heroicas, cuyo comportamiento contribuyó grandamente al resultado final.
    -Al disponerse a bombardear el cuartel -me cuenta mi amigo- el capitán Orad y el teniente Vidal hicieron los tres disparos de saludo y conminación. El primero lo brindaron el teniente Faraudo; el segunto al teniente Castillo, y el tercero, para que estuviesen bien advertidos, a los facciosos del Cuartel de la Montaña.
    -Poco después de empezar el bombardeo, desde la torreta de la iglesia de los frailes carmelitas se les hicieron numerosos disparos, al parecer con pistola ametralladora. El capitán Orad hizo virar un cañón y lanzó dos granadas sobre la torreta, que la hicieron saltar. No volvieron a hostilizarlos. Inmediatamente el cañón fué nuevamente puesto en posición.

Estrategia singular

     -La Providencia -agrega- ha demostrado ser republicana. Pero la Providencia está integrada por muchas cosas. Estos valientes soldados del pueblo que pelean a pecho descubierto, con inigualado arrojo; esas fuerzas leales de la Guardia civil y Asalto. La aviación, la escuadra y muchas cosas. Pero cuando se hable del Cuartel de la Montaña que no se olvide la previsión y lealtad del teniente coronel Gil, del capitán Orad y del teniente Vidal, herido en una pierna en la refriega.
   Empezó a vomitar la pieza de 15,5 de sus entrañas de acero granadas rompedoras. Con solo el estallido tumban a quien se encuentre en un radio de 20 ó 30 metros, dejándolo casi asfixiado. Hallábase la pieza en batería en la esquina de la calle Bailén y la plaza de España. No perdía un disparo.
   A poca distancia operaban las piezas que mandaba el capitán Orad. Hacían disparos de cinco en cinco minutos sobre el frente Sur. A fin de enfilar mejor, y no perder una sola granada, el teniente Vidal avanzó la pieza hasta el pie mismo del convento de los carmelitas.
   -El capitán Orad, cada cuatro disparos, empezó a cambiar la posición de sus piezas.

Confusión en el Cuartel

   -¿Por qué hacía eso?-pregunto a mi amigo.
   -Para dar a las fuerzas facciosas la sensación de que se contaba con mucha artillería. Armada con estaba aquella gente, una salida, que no podría impedirse con sólo tres piezas, produciría en el mejor de los casos, incontables bajas.
   Las impresiones que pudimos recoger después del asalto del cuartel indican la confusión que reinaba dentro. "Pero, ¿de dónde ha sacado el Gobierno tanta artillería?", dicen que se preguntaban los oficiales y jefes sublevados. Los cañones de Orad tan pronto disparaban desde un sitio como desde otro. La eficacia de su intervención fue extraordinaria. Y los destrozos de la pieza del 15,5 acabaron de convencerlos que aquello tocaba a su fin.
    A todo esto se añade el entusiasmo y la decisión de los miles de guardias civiles y de Asalto y milicianos que abrían fuego incesante de fusilería y ametralladora. Para dar cima a la obra, pasado bastante tiempo, llegaron los dos carros de 14 toneladas, para situarse a la entrada.

¿Quién se atrevería a salir?

     Con estos monstruos delante, con el arrojo de los sitiadores, con el convencimiento de que había abundancia de piezas de artillería, ¿quién se atrevería a salir? Se rindieron, llenándose de gloria las fuerzas y Milicias del pueblo, y de vergüenza, los facciosos.
     Así se tomó el Cuartel de la Montaña.
    -Cuando fuimos a buscar las cajas de los cerrojos -me informa mi amigo-estaban debajo de una capa de polvo de dos dedos. Era el polvo de los ladrillos destrozados por el bombardeo.
     Con estos cerrojos se armó al pueblo y adquirió mayor impetu la lucha contra los facciosos. Con la artillería que se tomó en el Campamento, empezaron a disponerse de piezas para ir ensanchando la base de operaciones.
   Bien puede decirse que la subversión, dominada en Madrid al ser reducido el Cuartel de la Montaña, se ahoga con el funcionamiento de las armas, manejadas por el pueblo, tomadas a los facciosos. Hoy este heroico y arrojado Ejército Popular, dirigido por un personal técnico capacitado y leal a toda prueba, dispone de todos los medios necesarios. Visto el desenvolvimiento de las operaciones, nada de extraño tiene el que Mola haya preguntado a Cabanellas que como dispone el Gobierno de tantas fuerzas.


Para la defensa de la República

   Y todo esto puede concluir recordando lo que ya sabe todo el mundo, o, como solía decir el historiador Macaulay, cualquier niño de edad ewscolar: Los dominios de la República vuelven a ensancharse. Las comunicaciones directas llegan al Mediterráneo, estableciendo contacto con todo el litoral levantino y casi todo el litoral andaluz y la frontera protuguesa. Desde Cataluña hasta Andalucía, las gentes se alzan en armas contra los facciosos. Las dotaciones de gran número de cuarteles han sido puestas a disposición de las gentes del pueblo. 
    Ya se ha tenido conocimiento repetidamente de la llegada a Madrid de columnas organizadas en provincias, cargadas de armas y municiones. Ahora las que siguen organizándose no tienen por qué venir aquí. No hacen falta. Caen sobre Zaragoza o sobre Sevilla. Sitian a Oviedo o asedian a Cáceres. Ni un solo reducto enemigo se ve libre de la amenaza tremenda de este pueblo sin igual en todas las crónicas escritas.
    La abundancia de armamento es extraordinaria: fusiles, artillería, aviación, buques de guerra, todo, en una palabra, puesto el servicio de la República. Y ese fervoso entusiasmo del pueblo, contra el cual se estrellan todos los levantamientos facciosos, aunque alcancen, como éste, a todo el Ejército de la nación.

      

   
           

      





    


  



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